Refundación y religiosidad:
guías para entender al correísmo
Juan Cuvi
Exdirigente del movimiento Alfaro Vive Carajo. Director de la Fundación Donum-Cuenca.
Master en Desarrollo Local. Profesor en la Universidad Politécnica Salesiana- Cuenca.
Excandidato a parlamentario andino por la Unidad Plurinacional de las Izquierdas.
Palingenesia es el término con el cual Emilio Gentile, uno de los mayores historiadores y críticos del fascismo italiano, definió al sustrato del discurso con que Mussolini convenció a los italianos de su proyecto político.
Palingenesia: renacimiento, refundación. A diferencia del concepto de revolución, que implica -desde una óptica bastante simplista, por cierto- la destrucción de un orden arcaico para sobre sus ruinas construir uno nuevo, la refundación propone la negación y el ocultamiento del pasado. La revolución reconoce al pasado como un referente consistente sobre el cual, por contraposición, está obligada a transformar la realidad; es una suerte de espejo permanente que refleja sus posibilidades, sus aciertos y sus límites. No lo niega: lo cuestiona y lo critica, porque sabe que en su disección crítica subyace el potencial para construir una verdadera alternativa. La refundación, al contrario, da la espalda al pasado, cierra los ojos ante una figura que considera esperpéntica. Tal como ocurrió con la fundación europea de América.
Pero borrar el pasado supone una tarea titánica, por no decir imposible. En términos políticos requiere de medidas extremas y criminales, como el genocidio o el exterminio de pueblos enteros, opciones estas poco probables en una época de intercomunicación global y universalidad de la justicia y los derechos humanos. Borrar el pasado también significa desmantelar y sustituir sistemáticamente la Historia. Se ocultan personajes con la misma desfachatez con que se inventan episodios y símbolos funcionales; se succiona la esencia de hechos y situaciones pretéritas para transformarlos en arcilla de las construcciones coyunturales.
En política, la idea del renacimiento apunta a la entronización de proyectos que no se fundamentan en la originalidad, sino en la ausencia de puntos de comparación previos. Para los proyectos refundacionales, la estrategia consiste en venderle a la sociedad cualquier cosa como nueva. De allí la recurrencia a muletillas y clichés: “estamos haciendo historia”, “por primera vez en el país” o aquel más grandilocuente y presuntuoso que anuncia el advenimiento de una “nueva época”. La revolución transforma el pasado. La refundación lo elimina, lo manipula o lo distorsiona para que no quepan dudas ni suspicacias respecto de su aparente transformación.
Es imposible analizar la evolución política del gobierno de Correa sin formularse una pregunta medular: por qué en su propuesta inicial Alianza País echó mano de dos conceptos tan disímiles. ¿Errores conceptuales de un proyecto que fue armado como un rompecabezas con piezas de distintas cajas? ¿Simple pragmatismo para poder adecuar los contenidos a las contingencias del proceso? ¿Relativismo acorde con los tiempos de la posmodernidad? Lo que sí sugiere este contrasentido, al calor de los acontecimientos posteriores, es la existencia al interior del movimiento oficialista de una tendencia de izquierda que al final fue neutralizada y sometida por un ala pragmática fuertemente vinculada a la derecha. La idea de revolución, entonces, quedó reducida a un simple membrete oficial, una evocación ridícula de anhelos y aspiraciones erigidas desde la más palmaria ingenuidad política. Solo quedó la realpolitik en su máxima expresión, el viejo libreto populista reeditado en el momento preciso.
Avanzar al pasado
Si aplicamos un ejercicio de reduccionismo fenoménico a los distintos proyectos refundacionales que ha experimentado el mundo durante el último siglo, vemos que sus rasgos más comunes son la descomposición del sistema político y la crisis socioeconómica que los antecedieron. Más que de la conciencia colectiva o del agudizamiento de los conflictos sociales, son productos de la desesperación ydel agotamiento. A diferencia de las revoluciones clásicas (México, Rusia, China, Cuba), que representan el epílogo de largos procesos de confrontación ideológica, política y militar, de una estrategia que se estructura y se recompone al calor de las derrotas y los triunfos, de un andamiaje teórico que proporciona un mapa general sobre el cual orientarse, las refundaciones surgen de las ambigüedades y casualidades propias del vacío, la incertidumbre y la confusión. No se trata del caos provocado expresamente por la iniciativa de fuerzas y actores políticos que buscan echar abajo al sistema; se trata, por el contrario, del caos espontáneo heredado de la impotencia. Es la diferencia entre una explosión producida por la presión de una fuerza interna, y una implosión derivada del deterioro, la corrosión y el envejecimiento de la estructura del sistema.
Sostener que el éxito electoral de Correa fue un efecto de las luchas sociales de las décadas anteriores contiene un grave error de apreciación y de magnitud. La metáfora que suele utilizar Alberto Acosta para ironizar sobre las pretensiones mesiánicas de Correa, cuando le reprocha creerse “relámpago en cielo despejado, sin darse cuenta de que cuando él apareció el cielo ya estaba cargado de nubarrones”, expresa una verdad a medias. Acierta cuando desnuda la fatuidad y la impostura de un advenedizo de la izquierda, que cree que todo empieza y termina con su presencia; yerra porque supone la existencia de fuerzas, energías y presiones que necesariamente debían concluir en una convulsión social.
Si nos limitamos a analizar al principal actor social de los años previos a la aparición de Alianza País (verbi gratia el movimiento indígena), no dejaremos de constatar que su incidencia sobre el escenario político nacional distaba enormemente de la contundencia que demostró en la década anterior. De por medio ya había transcurrido una deplorable etapa de colaboracionismo, cooptación y división propulsada desde los distintos gobiernos de turno, particularmente el de Lucio Gutiérrez. Ni qué decir de los demás actores sociales llamados -al menos en teoría- a densificar los nubarrones prerevolucionarios, como maestros, trabajadores o estudiantes. Del único fenómeno explosivo del que da cuenta nuestra memoria es del movimiento de los “forajidos”, pero más como una manifestación creativa, novedosa e inédita de esa misma dispersión y fragilidad que caracterizaba a las luchas sociales. Llamativo y sorprendente, el movimiento forajido no tenía las condiciones para provocar una verdadera tormenta. Es más, su misma espontaneidad y volubilidad presagiaban la naturaleza de los acontecimientos futuros.
En efecto, Correa fue un producto lógico de la implosión de la sociedad ecuatoriana; no se proyectó al futuro impulsado por las presiones de la transformación social, sino que se precipitó hacia el pasado para reestructurar un orden largamente desquiciado. La sociedad ecuatoriana de mediados de la década de 2000 estaba urgida por recuperar la estabilidad y la seguridad perdidas desde tiempo atrás, quizás desde finales de la dictadura de Rodríguez Lara. No estaba para alternativas, mucho menos para revoluciones, y peor aún para utopías. Esto explicaría la adhesión que al final produjo un discurso en esencia tan convencional. El desarrollismo, la eficacia tecnocrática, la provisión de infraestructura y el incremento del consumo no son más que emulaciones de modelos anclados en viejos patrones colonialistas; la recuperación del Estado en desmedro del fortalecimiento de la sociedad es un carpado hacia el cepalismo cincuentero, cuando nadie en América Latina debatía sobre el verdadero sentido de la democracia; el caudillismo constitucional evoca ese rezago de monarquismo que el Ecuador nunca terminó de saldar en su desesperado imaginario político. La imagen del rey bueno, dadivoso, implacable y al mismo tiempo indulgente conecta eficazmente con los hilos más recónditos de la conciencia patriarcal autoritaria aún bullente en nuestra sociedad. Ni siquiera el laicismo ha terminado por cuajar en los pilares de nuestro ethos nacional. Es justamente por ello que tantos dirigentes de la revolución ciudadana se pavonean por el país exhibiendo hábitos, comportamientos e ideas preliberales sin el más mínimo empacho. Precisamente por ello fue posible retroceder un siglo al incorporar el nombre de Dios en el preámbulo de la Constitución de Montecristi… en la mismísima cuna del Viejo Luchador.
Mito, autoridad y orden
Las referencias religiosas a las que hemos apelado no son, desde ningún punto de vista, una casualidad. Todo proyecto refundacional requiere de bases religiosas, ya sea usurpándolas, adecuándolas o sustituyéndolas. La fe aparece como el único recurso efectivo para apuntalar una empresa cuyos principios, fundamentos y argumentaciones resultan demasiado difusos y volátiles como para ser convincentes. La ritualidad y el culto irrumpen con la fuerza de una sacralidad seductora por indescifrable. Se sacraliza a la Patria (así, con mayúscula), o a una figura anticlerical por antonomasia como Alfaro, o a la majestad del poder, al tiempo que se sataniza a quienes no comparten el credo oficial. Por obra y gracia de este hábil montaje confesional, la dicotomía política en el Ecuador ha terminado reducida a un enfrentamiento entre creyentes y no creyentes. Por eso el debate se torna cada vez más tozudo y virulento. Dicho de otro modo, inviable.
Del culto al mito solo media un espacio temporal de sustentación. Durante la conquista española, primero se oficiaba una misa y después se catequizaba. Aunque el símbolo antecedía al significado, dependía de este último para legitimarse, afirmarse y perpetuarse. Con la institucionalización del culto a Bolívar, Chávez anticipó las condiciones para apuntalar su propio mito: hoy quedan abiertas las puertas para una invención histórica heroica con fuertes dosis de leyenda. La revolución ciudadana ha conseguido algún éxito en la implantación de ciertos cultos, pero sus iniciativas han resultado -todavía- infructuosas en cuanto se refiere a la construcción de mitos. Afortunadamente para el Ecuador, la trayectoria personal y política de Correa no da para ejercicios de mitificación épica. El 30-S fue un episodio demasiado pedestre, patético y absurdo como para dejarnos consecuencias dignas de alguna glorificación, lo cual no significa que estos propósitos no consten dentro de la agenda del régimen y de sus inocultables intenciones de perpetuación. De su habilidad publicitaria para estructurar un consistente sistema de referentes subliminales dependerá el tránsito hacia un modelo abierta y frontalmente mesiánico.
Ahora bien, la piedra angular para la consolidación del proyecto correísta radica en su sesgo marcadamente autoritario. Ninguna refundación opera sin el verticalismo de las decisiones, sin un andamiaje jerárquico que sincronice deseos con acciones, sin una fuerte imagen volitiva que venza y neutralice todo obstáculo y toda oposición. La voluntad -más que la conciencia o el diálogo- se transforma en el combustible de esta maquinaria política. Ese impulso atávico del individuo sustituye a la fuerza colectiva y a las masas movilizadas. Contrariamente a lo que se sostiene desde el discurso oficial, el apoyo electoral alcanzado en los comicios de febrero de 2013 es, más que un acto de conciencia, la ratificación masiva de la voluntad del caudillo, un acto de fe en la palabra oficial, la confirmación de una sumisión funcional a la autoridad. En ausencia de una sociedad fuerte u organizada, la masa de electores no persigue el poder; simplemente busca una autoridad que lo ejerza dentro de ciertos parámetros devaloración moral: que sea medianamente bondadosa, razonablemente justa, aceptablemente honrada.
Si observamos retrospectivamente el proceso de la revolución ciudadana, no es difícil concluir que la deriva caudillista y autoritaria del proyecto se demoró exactamente el tiempo que le tomó a Correa, y a su círculo más cercano, familiarizarse con el manejo de las riendas del Gobierno. En un régimen tan presidencialista como el ecuatoriano -más en lo informal que en lo formal-, los riesgos y las deformaciones del personalismo en el ejercicio del poder se acentúan. A partir de la posesión del primer mandatario, su influencia en los asuntos públicos se incrementa exponencialmente. Inclusive en los casos en que encarna la representación de un partido o de sectores socioeconómicos concretos, la debilidad institucional intrínseca a nuestro sistema político amortigua los límites y controles colectivos. No se diga cuando el presidente electo es producto de la improvisación y la espontaneidad, como fue el caso de Correa, quien ni siquiera tuvo necesidad de apelar a la trillada petición de “liberarse de ladisciplina partidaria” para gobernar sin ataduras.
Hay que reconocer, no obstante, que manejar un país que venía de una crisis profunda, y de una progresiva descomposición institucional, no era sencillo. Hacerlo desde una postura esencialmente democrática implicaba un complejo proceso de negociación y de inclusión colectiva, como se pretendió en la etapa previa a la instalación de la Asamblea Constituyente. Era el camino más largo, es verdad, pero el que mayor coherencia estratégica podía asegurar. Hacerlo, en cambio, desde el apresuramiento refundacional requería de un ejercicio pragmático e inmediatista del poder. Una opción semejante,considerando el desorden inherente a nuestra administración pública, no tenía más salida que la aplicación intensiva de la autoridad. La ecuación tecnocrática tiempo/resultados no podía resolverse sino a la fuerza.
Tras largos años de crisis, la sociedad ecuatoriana de 2006 estaba ahíta por alcanzar cualquier forma de regularidad. Era, en cierta forma, la necesidad de recuperar el cosmos frente al caos, tal como lo propone Mircea Eliade a propósito del papel que ha jugado la religión en la historia humana. Cuando el desorden invade el mundo, la sociedad entra en angustia frente a la eventualidad de la ruina y la desintegración; la principal preocupación, en esos momentos, se concentra en el restablecimiento del orden, en la recomposición de la estructura orgánica que provee seguridad, estabilidad y certidumbre frente al caos. El atavismo religioso de nuestro pueblo vuelve entonces la mirada al referente que más se identifique con la noción colectiva de salvación, sin poner mayores reparos en los mecanismos para recuperar ese orden perdido. Debemos admitirlo: ha sido la sociedad ecuatoriana, en una considerable mayoría, la que ha avalado el autoritarismo de Correa. Y ha sido él quien, retribuyendo esa confianzamayoritaria, ha asumido el rol correspondiente de patriarca justiciero y castigador. Al sumergirse en esta corriente mesiánica y autoritaria, Alianza País se alinea con las posturas más tradicionales y conservadoras de la religión católica; es decir, con la institucionalidad eclesiástica. Liturgia, símbolo y fe ocupan el espacio que tantos teólogos de la liberación han querido reservar para la reflexión democrática y la secularización de la práctica religiosa.
La autonomía como proyecto
En estas condiciones, salirse de la matriz autoritaria del correísmo pareciera haberse convertido en un proyecto político para la izquierda ecuatoriana antes que en un requisito táctico, en una finalidad más que en un medio (a menos que estemos dispuestos a soportar medio siglo más de populismo). El dilema de fondo es que el modelo trae aparejados una serie de vectores de difícil respuesta: a) clientelismo efectivo; b) retórica antiimperialista avalada por un entramado regional e internacional favorable; c) tutelaje estatal y sometimiento de la sociedad civil; d) desmantelamiento de toda forma de organización social autónoma; e) patrones de eficacia y rendimiento abiertamente capitalistas, mediante la modernización tecnológica de la administración pública; f) monopolización y transnacionalización del proceso de acumulación. Cada uno de estos vectores tiene la virtud -o la perversidad- de viabilizar formas personalistas de ejercicio del poder, dado que no requieren de ninguna estructura ni mediación institucional para ser activados. Por ejemplo, el secretismo que envuelve a los proyectos mineros, petroleros e hidroeléctricos chinos -por citar solamente un vector sobre el cual se esperaría mayor control y transparencia- permite la disposición de ingentes recursos financieros a ser manejados discrecionalmente por el Ejecutivo.
En este punto hay que concluir que más allá de la retórica y las promesas oficiales, resulta extremadamente difícil que la revolución ciudadana corrija los defectos jurídicos y políticos que suele atribuirle al pasado. Al contrario, en su perpetuación y afinamiento radica la viabilidad del proyecto oficial. Paternalismo, arbitrariedad, efectismo, circunstancialidad, personalismo, asistencialismo… se añaden a los elementos antes señalados, a fin de cimentar una cultura política antiinstitucional que, por lo demás, no ha logrado hasta ahora resolver el tema crucial de la democracia. Ambos elementos (democracia e institucionalidad) ya han sido puestos en entredicho desde las más altas esferas del Gobierno y del partido oficial.
Cabe añadir a este panorama la elaboración de una imagen sacralizada del líder, quien supuestamente debe conducir y redimir a una sociedad aún inmadura y extraviada. Esto, dicho sea de paso, contradice de plano la aspiración siempre esgrimida por la izquierda de democratizar el poder y construir una ciudadanía autónoma. Muy al contrario, se están ratificando esos viejos referentes político-ideológicos que han confinado al país a un auténtico laberinto: sumisión, admiración por los liderazgos fuertes, intolerancia, rechazo a las disidencias y a las minorías, desconfianza en la participaciónciudadana, dependencia, entre otros. Es decir, la condensación de la impronta autoritaria de la política.
Así, el concepto de autonomía vuelve a ser, una vez más, la clave para escapar de este laberinto autoritario. Autonomía del individuo y de la sociedad, de los pueblos y de los gobiernos locales. Autonomía como corolario de una democratización permanente e ilimitada del poder, como posibilidad para la realización del ser humano, como condición para la emancipación social. Dos siglos después de que sirviera como base para elaborar las doctrinas revolucionarias que proponen el fin de le enajenación capitalista, este concepto mantiene plena vigencia. Resurge cada vez que la izquierda es arrastrada hacia las zonas cenagosas del agotamiento teórico, de la impotencia y del oportunismo. Actualiza un viejo debate de la izquierda, truncado cada vez que le toca afrontar las vicisitudes y marañas delejercicio del poder. Devela la encrucijada en la cual la posmodernidad ha situado a esa misma izquierda, que hoy oscila entre el más recalcitrante estalinismo y el más pragmático liberalismo. En cualquier caso, democracia y autonomía plantean una redefinición de prácticas, visiones, teorías y concepciones que obligarán a la izquierda a una profunda reconstrucción de su proyecto histórico.
Resistir y moverse
Sin embargo, la izquierda ecuatoriana no la tiene nada fácil. A la reformulación conceptual y estratégica de su proyecto debe hoy, y de manera inmediata, adjuntar una respuesta táctica frente a las adversidades que se avecinan. El abultado triunfo electoral del Gobierno le abrió las puertas para una arremetida feroz contra todos los focos de resistencia que la izquierda pueda mantener o activar en los próximos años, no solo desde los espacios locales y territoriales, sino desde ese reducto legislativo en que se convertirá el bloque de Pachakutik en la Asamblea Nacional, y también desde toda forma de organización y movilización social que defienda derechos. Agua, naturaleza, derechos humanos y políticos, tierra, libertad de expresión y protesta, diversidad, empleo… deberán conformar una agenda que permita articular y combinar la movilidad nacional con la resistencia local al asedio. Calles, plazas y territorios se convertirán en los escenarios prioritarios para la resistencia.
Si algo ha perjudicado a la izquierda en los últimos tiempos ha sido la descoordinación y atomización de sus luchas. Cada partido, cada organización, cada grupo y hasta cada figura política han manejado agendas parciales. La riqueza de la diversidad y de la multiplicidad de procesos se ha transformado en pobreza de estrategia. Con la excepción de la Marcha por el Agua y por la Vida, el resto ha sido una apología de la fragmentación, que ni siquiera pudo ser superada con el acuerdo electoral de la Unidad Plurinacional. Nada nuevo si pensamos que la oposición entre dispersión y contundencia constituye uno de los principios políticos y militares más antiguos de la Historia. ¿Insuperable? No mientras exista la voluntad de pensar y recrear, de entender el sentido básico de la sinergia y la cooperación, de reivindicar la potencialidad de las diferencias por encima de la autocomplacencia. Lo que no puede permitirse la izquierda es la emulación de un cortejo fúnebre en Nueva Orleans: festivo, alegre, multicolor y musicalmente insuperable, expresión de una cultura exuberante, pero entierro al fin.